Párrafo 11.21

11.21 “Se podría decir que todo aquello que dificulta el desarrollo de la capacidad es una impostura; como acción maligna lo calificaría el Tao. Casi todos los hombre son impostores en pequeñas cosas, pero cuando se llega a trabar la transformación de los mantos energéticos a espacios biológicos, se está engañando a la vida y a su objetivo reptando por el plano de la pura supervivencia, se cierra el paso al brillo de las estrellas y se olvida que la raíz de la vida está ligada al infinito y al no tiempo. Esa experiencia superior está siempre buscándonos, por eso cuando los apsaras han segregado la hiel que cubre el brillo del diamante, se camina despacio y no crecen las flores de la noche porque nace el sueño, que es hijo de las furias y hermano de la muerte oscura y de la envidia, que no nacieron en la inmortalidad sino en las cuevas perecederas de la carne ciega.”

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COMENTARIO DE EL AVENTURERO

Desde el misterio profundo nació este Universo, y como parte de él nuestra biología, incompleta, rozando aún sus funciones más primarias, pero preparada para evolucionar hacia su desarrollo más complejo y completo. Y es que la Ley, cambiante en su nivel más cercano a lo que entendemos como fenomenología pero única y fija en su origen, solo sería entendida si esa evolución biológica surge desde el misterio profundo, tal y como todo fue creado. Como un juego en el que esta evolución sólo puede ser conducida por la Ley de la creación. Pero, ¿porqué el ser Humano nació en base a unas pautas que ahora ha de seguir para completar su propia evolución?

Aún no entendiendo esta paradoja de la creación, parece claro que nuestra especie ha de caminar con una actitud, y sobretodo con una responsabilidad, forjada desde lo transcendental de nuestra existencia. O al menos rozándola. Sin embargo las sociedades modernas nos invitan constantemente a bajar la cabeza y mirar a la supervivencia en una actitud casi orgásmica, que por cierto, aceptamos con mucho gusto. Esta es la fuente del miedo, ese miedo que nos paraliza las piernas al andar, que casi de forma mágica hace aparecer cruces de caminos donde no los hay, que nos entretiene pensando cuál de estos caminos recorrer, como si hubiera más de uno.

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2 Comentarios

  1. Mandrágora
    24 octubre, 2016

    Se nos recuerda que la condición en la que estamos somos incompletos, que la vida nos brinda la oportunidad de llegar a ser superiores y que se tiene la capacidad de cumplir el compromiso para el que hemos nacido, pero parece que el sometimiento a las dinámicas que aprendemos y nos son dadas desvirtúan en gran medida ese proyecto, por no querer y por no saber. Pero no basta; no nos exime de buscar cada uno su verdad, su propia coherencia, su Dios interior. Y ese lugar que nos espera y que no se alcanza crea en nosotros un estado de tiniebla y oscuridad que, me llama la atención, se representa, entre otras, en la envidia; la envidia como reflejo de lo que pudiéramos ser y de lo que carecemos.

    En otro escrito hace años, dijo: «La envidia puede estar presente en casi todos los rincones de nuestra conciencia. Si piensas que algo no es envidia, eso es envidia». Parecería exagerado si no fuera porque puede abarcar todo aquello en donde no estamos y no siempre de forma consciente y premeditada se desea. Es el fiel reflejo de las carencias y la comparativa inevitable hacia lo de fuera. Se me ocurre si habría que ir distanciándose de tantos espejos en donde te miras y aceptar la cruda realidad de lo que no se tiene o no se encuentra, o no se sabe porque no se sabe muchas veces cómo escapar de las redes, pero en el ínterin nos atrapa la medición con los demás y el rechazo hacia nosotros mismos: es costoso aceptar la envidia.

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  2. Alicia
    29 octubre, 2016

    “No se tiene o no se busca”, escribes, Mandrágora; pero – en el texto – “Esa experiencia superior está siempre buscándonos”. Cabe esperar, porque qué desesperación si no, que pese a nuestras resistencias e incapacidades acabe encontrándonos.
    Para qué, en caso de que no, estaría existiendo Ella. Para qué, sin su el encontrarnos, nuestras vidas. Para qué el existir de vida alguna.
    “Hay – la afirmación no es mía – que saber esperar”.

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