Párrafo 15.15

15.5 “Y el comportamiento está lleno de extravagancias y caprichos frívolos, de sensaciones tiranas de etimología desconocida, como si las neuronas no pudieran abstraerse a la irrupción de oleadas de imágenes en tránsito que evocan aflicciones o felicidades inexplicables. Si la mente no está condicionada por el prejuicio, no es dificil percibir alientos en la espalda o entrever vientos de espíritus indulgentes, destructores, justicieros o burlones que se cuelan por las rendijas del cerebro historiando tormentas o confusiones. A veces una luz ilumina espacios cegados por la inercia de la rutina, y se materializan visiones sin precedentes como emanaciones escultóricas repentizadas al detalle por una vista astral y pasan al mundo invisible cuando la atención se centra, pero sabemos que son auténticas, que alidados con una hormona o una diferencia de potencial, se ha tendido un puente que ha roto el tiempo, o la distancia, o simplemente ha movido el tejido sobre el que se edifica la realidad.”

COMENTARIO DE EL AVENTURERO

En un principio el hombre en el Paraíso no es conocedor del mal ni del bien; no sabe que nace; no sabe que muere; no sabe que enferma. Como otro animal vive y se solaza; no tiene consciencia del dolor; habla el lenguaje de las bestias y puede comunicarse con lo luminoso, con lo transcendente, con los ángeles. Como canta Prometeo: «… encerrado en una cueva, sin luz, sin ver, sin discernir…».

Es a la salida del Paraíso, ya sin su piel animal, consciente de su desnudez, cuando conoce que ha nacido y que puede morir, y tiene miedo, miedo a lo desconocido. Y así empieza a caminar, a tropezar, a levantarse, y así empieza su evolución.

En un principio el hombre, el niño, con su fontanela abierta, se comunica con lo de arriba, con seres superiores. El timo, glándula, centro de personalidad de aire, se abre al plano astral, a la comunicación, se relaciona; pero la vida transcurre, la fontanela se cierra, el timo se bloquea a la relación, al amor, a los sentimientos. Nos adentramos por el laberinto de la vida, como Ulises, como cualquier héroe. En nuestro viaje adquirimos conocimiento, seremos hombres que quieren llegar a dioses. En este viaje, las sensaciones, las relaciones que creemos tener blindadas, los mensajes, se abren como estrellas fugaces y nos susurran verdades, engaños, nos ayudan y entorpecen. A veces conocemos realidades paralelas que pasado el tiempo se manifiestan y nos asombran; también pueden manifestar nuestras carencias y nuestros logros.

Voces, susurros, música, música que en un momento dado señalan caminos que se abren o trayectos que se cierran porque están cumplidos; surgen números que se nos muestran como postes de luz, iluminan nuestra trayectoria, nos aclaran. Y cuando llegamos al final, cuando estamos cerca de nuestra muerte, cargados de cuantas experiencias nos han sido posibles asimilar, con el corazón vacuo, el vientre lleno y debilitada la ambición como quiere el Tao, volveremos cambiados a ese Paraíso, que ya no es el mismo, que también ha cambiado. Volver a Ítaca, a nuestra Ítaca, a la que somos merecedores, habiendo dado y también recibiendo y asimilando oportunidades, adquiriendo dones que entregaremos a los demás, porque en este deambular por la «memoria vibrante de la materia que se llama vida» hemos tendido algunas veces el puente que ha roto el espacio y el tiempo y que nos ha permitido entrever ese Universo que se extiende más allá de Ítaca, más allá del Paraíso. También alcanzar la Felicidad, el Gozo, la Alegría, el Amor. Alcanzar para nosotros mismos y para los demás todos los frutos que hemos sido capaces de recolectar.

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2 Comentarios

  1. Panacea
    14 febrero, 2019

    El otro día retransmitieron por televisión la experiencia de una persona que caminando sola por las afueras de un polígono industrial oía lamentos y lloros sin saber de dónde procedían; luego, al cabo del tiempo supo que allí mismo ocurrió un accidente aéreo sin supervivientes. Experiencias de esta naturaleza están plagadas en nuestro acervo cultural, de lugares insólitos cargados de leyendas y habladurías, lugares estigmatizados, cuevas, casas, castillos… Todo ello con un denominador común: temor y miedo; miedo a que sí existen, no hay duda, pero no se sabe cómo actúan y si se las puede catalogar como fuerzas malignas, y como tal hay que protegerse.

    También el Aventurero nos recuerda las «casualidades» varias que habitan con nosotros dándonos claves, propiciando encuentros, asociaciones y bocanadas de oxígeno que nos recuerdan repetidas veces que no estamos solos, que hay un proyecto a cumplir que nos espera; que nos ayudan, que hay palancas que impulsan y recolocan el escenario necesario para permitir adentrarnos en esa nueva realidad.

    Una vez más, supongo que cada uno es receptivo en función de su capacidad de aventura.

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  2. Loli
    14 febrero, 2019

    Me pregunto….¿qué ocurre con los proyectos sin cumplir?.

    Cuando el “sello del ángel” se empieza a desdibujar del rostro, cuando los mapas de la piel cambian ante la transparencia que quizás confundimos con el deterioro del tiempo….¿volveremos a recordar, desde la inconsciencia, el compromiso olvidado?.

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