Párrafo 16.21

16.21 «La huella no es por tanto un testimonio o una reliquia, es un espejo de realidades imposibles, un espejo desfrontado que mantiene presente el hecho pasado o futuro. En el despertar de la consciencia el espejo es instrumento esencial o al menos determinante, el azogue devuelve la imagen invertida de manera que se producen cruces de lateralidad espacial, de hemisferios, y es la imagen del espejo la que mira. Siempre es la imagen que inventamos la que mira el mundo. La propia imagen que reflejas te observa, actúas para ella, como si tuvieras un yo exterior.»

COMENTARIO DE EL AVENTURERO

Aprovechando el poema de Antonio Machado en el que dice “El ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve” podríamos utilizar esa base para construir algo diferente: “El espejo que tú ves no es espejo porque tú lo veas; es espejo porque te ve”. Obviamente es fácil pensar que no es conmutable ojo por espejo, porque estamos cambiando un objeto vivo por uno inanimado, pero sin embargo, refleja uno de los ejemplos más claros de como la materia inerte pasa a estar “animada” en el momento de mirarnos de frente al espejo.

Al encontrarnos nuestra propia mirada de frente se produce un reconocimiento de la apariencia de nuestra identidad y a la vez se produce una sensación de misterio proveniente de un ser que te observa desde fuera, siendo tú mismo, y que parece guardar secretos de lo que en realidad somos. Cada vez que un ojo mira, proyecta; cada gesto denota un movimiento interior, cada arruga nos cuenta los caminos por los que pasaron nuestras vivencias. Todo en nosotros está impregnado de múltiples encuentros que quedaron presos de un presente y que a la postre dejaron huellas, huellas que ven y que son vistas, complejizando cualquier vivencia que tenemos hasta límites insospechados.

Pero como en todo, hay luces y sombras y quizás ese “yo” que nos mira desde el espejo trata de seducirnos estereotípicamente igual que nos dejamos seducir por los estereotipos de la sociedad. Ese “yo” se convierte en el yo que queremos que nos mire desde las pupilas de los ojos con los que nos cruzamos en la vida y puede llegar a ser nuestro carcelero. Por suerte todos hemos percibido, fundamentalmente desde el Amor, como otro nos está descubriendo en sus ojos una dimensión nueva de nosotros mismos, lo que nos debe recordar que desde nuestra mirada no solo captamos la realidad sino que la estamos creando.

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2 Comentarios

  1. Nuba
    19 noviembre, 2019

    Me gusta cada párrafo preludio, prólogo, epílogo de este libro.
    Y es que éste lo recuerdo de forma vívida el día que lo leí… 2010? madre mía!!
    Os cuento ( pues lo recuerdo, paso a paso) lo que se pasó por mi mente, incluso antes de acabarlo.
    Lo primero- casi que lo sient- pues aquí nadie pone nunca música.
    Lo primero fué «the Sheltering Sky» pero no la película, que entonces no había visto, sólo la pieza de piano llamada, » el cielo protector» y lo que traducía Sakamoto… lo que dice:
    https://www.youtube.com/watch?v=__aJL8i1kL4
    Lo segundo que me vino al pensamiento – esta vez racional- y casi inmediato, son los textos que hacía poco había visto reflejados en un Paper de Galileo Galilei, a raíz de sus reflexiones del lado oscuro de la luna…cuando apenas había telescopios… pero que él ya razonaba sobre lo que vemos y lo que no vemos.. y que discutía yo con los alumnos en mi descubrimiento, casi paralelo al de ellos de la percepción sensorial entera, pero en concreto de la visual, de la visión en colores, en balnco y negro y claro, también y sobretodo en el sentido «emocional» de la visión. Pues está claro que dicen y demostramos los científicos que en última instancia, no sólo vemos sino que olemos, gustamos, sentimos y dolemos, porque doler es nocicepción separada con receptores distintos de otras neuronas del percibir– lo hacemos con el cerebro y por tanto influye el tiempo, como ritmo o como ruido, como memoria, o desmemoria, y en último término con plasticidad.
    Ah … el texto de Galielo y el artículo no tienen desperdicio, pueden – creo- pincharlo gratis aquí:
    https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0166223608002087
    Quiero decir, que desde mi punto de vista ( jeje. no de vista precisamente, pero de todos los «hundred secret senses» ( Amy Tam . novela)
    No estoy de acuerdo con Galileo… él, influenciado por su época, pensaba que el mundo sólo era un revoltijo de ondas, energías, materias, algo sin sentido como no hubiera un humano con cortex que lo entendiera. Mis estudios humildes y mi observación de las naturalezas múltiples, me han indicado casisiempre lo contrario. El mundo está ahí y existe, en sus formas y sus energías, lo veamos o no, los ciegos miran también al mundo, igual que están ahí los aromas y las formas de las flores para las abejas que ven en infrarrojo, o está ahí el gusto por lo dulce del colibrí, que según los científicos no tiene un receptor para el azucar sino que siente todos los dulces de las flores de las que se alimenta por una variante mutada de nuestro receptor para los azúcares, o los perros que no ven los colores o enfín.. que no pretendo dar lecciones pero es que la vida está ahí sólo que cada ser la sentimos de una manera, y dentro de esa manera, cada género, cada especie.. pero que nosotras no sómos sólo espejos de nuestro pequeño grupo o plaga … que o nos vemos reflejo y espejo y azogue de este suelo que nos vibra por debajo del asfalto y lo destapamos o no habrá cielo que nos proteja.

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  2. Rafa
    20 noviembre, 2019

    Si suponemos que la Sábana Santa de Turin fuera verdadera, tendríamos la impresión del rostro del Cristo, pero no sería él, sino su imagen de espejo, aunque entiendo que en este caso tan peculiar el espejo mostraría distinto azogue.

    Cualquier iridólogo, estudiando nuestro iris, puede ver las marcas y cicatrices que se han ido operando en función de nuestros estados.

    Por tanto en nuestro iris no se reflejaría tanto nuestro ser, sino la imagen (inventada) que ha experimentado o experimentará las transformaciones que limitarán o ampliarán nuestra realidad, y desde ahí veríamos, con las secuelas de las improntas que nos dejan los acontecimientos, cargadas con nuestros miedos, nuestros sufrimientos o nuestras alegrías.

    De alguna manera podría decirse que la huella es el rastro de lo que no somos y de las capacidades de lo que podriamos ser.

    Un abrazo

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