Párrafo 16.27

16.27 «De entre las múltiples leyendas basadas en el laberinto cabe señalar la de Teseo y el Minotauro. Su relato merecería por sí solo el desarrollo de un libro. El laberinto, el cuento infantil que interpretan los fabulistas mitólogos (incluidos los griegos), narra la historia de cómo un dios se une con una humana, esposa del poder, dando lugar al nacimiento de un ser de fuerza, bondad y naturaleza sorprendentes cuyo destino no fue otro que el encierro de por vida en una encrucijada imposible. (la Biblia también narra cómo los hijos de los dioses se mezclaron con las hijas de los hombres dando lugar a los humanos actuales, seres que viven prisioneros de laberintos).»

COMENTARIO DE EL AVENTURERO

Cabría pensar por qué de una unión que da como fruto un ser excepcional por su bondad, fuerza y naturaleza, surge un ser abocado desde su misma concepción al sufrimiento. Un ser confinado a vivir encerrado, aislado e incomprendido. Un ser al margen de su entorno. ¿Por qué el destino le depara una encrucijada imposible? ¿Un laberinto del cual no puede salir? ¿Es necesario sacrificar al minotauro? Tal vez este acto consista en sacrificar una parte de nosotros mismos, o más bien de asumirla para salir fortalecidos. Pero Teseo requiere la ayuda de Ariadna para salir del laberinto. Esa parte femenina que nos guía porque parece que conoce el camino.
Y si los humanos actuales somos el resultado de la unión de los hijos de los dioses y las hijas de los hombres y también estamos confinados a vivir prisioneros de algún laberinto, tal vez la excepcionalidad esté supeditada a la superación de una prueba. Una prueba de tal dificultad, que es prácticamente imposible de superar. La verdad es que es poco alentador. Pero si pensamos que tal vez somos seres inacabados, podemos entender la superación de esa prueba como la conquista de un estado superior. No nos viene dada por derecho, sino que tenemos que ganárnosla. Podemos comparar el símbolo del laberinto con el cerebro humano. Nuestro cerebro está todavía por desarrollar. Debemos recorrer sus recovecos por donde consideremos, porque en realidad no existen caminos trazados. Todos los caminos son posibles, pero sólo uno conduce a la salida. Y está en nosotros encontrar el camino correcto entre las múltiples posibilidades. Tal vez en eso consiste la vida: en hallar la única salida del laberinto que viene determinada desde nuestro nacimiento. Cada uno la suya propia.

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2 Comentarios

  1. Alicia
    31 diciembre, 2019

    No encuentro las palabras. Nada que decir. Tan sólo que texto y comentario del aventurero son una caricia para el alma.
    Feliz 2020 (y siguientes)

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  2. Beucis
    2 enero, 2020

    Tenemos laberintos a lo largo de la cornisa atlántica, en criptas, en templos, incrustados en conchas, en piedras, ejecutados por el hombre, ejecutados por no sabemos quién. Vías lácteas que plasman universos cercanos y lejanos, laberintos en nuestra piel, cristos románicos que nos muestran sus rodillas, sus articulaciones con laberintos que cabalizan.

    Pero el hombre que estaba oculto en cavernas oscuras, sin distinguir, sin apenas oír y ver, ha necesitado el concurso de seres superiores, ángeles, dioses, que les hallaron bellos y se unieron con ellos en un supremo acto de amor y de sacrificio y que quedaron para siempre prisioneros en lo alto de una cima atados a la roca, a esa materia que aprisiona, o encerrados en simas profundas, en laberintos de una encrucijada imposible. Pero esa inexorabilidad puede ser quebrada y ese ser de bondad infinita liberado por el héroe, por ese hombre lastrado por la materia, sí, pero convocado a la transcendencia por el deseo, por la bondad, por el oficio, oficio sacro de la vida que en un supremo acto de amor y entrega, en un momento sagrado —sacramento— quisieron acompañar en su andadura a este nuevo ser, a este héroe: Hércules, Narciso, Perseo…, todos redimieron y serán redimidos.

    Ariadna, principio femenino, entrega a Teseo una madeja que le ayuda a no perderse por el laberinto y también, posesiva y falsamente enamorada, a volver por la misma puerta por la que entró, sin volar, sin evolucionar. Pero Teseo cumple su trayectoria, baila la danza de la grulla y sale volando, como debe ser, a otros planos merecidos.

    Ariadna, principio femenino, sí, al no cumplir su misión expiará su culpa durante siete años en la isla de Naxos, y limpia, purificada, cumplir su gran misión: liberar al Minotauro. Solo así podrá emprender el camino de unión con Dionisos, el dios, el esposo que en bodas sagradas la convertirá en diosa. «Campana de Azur» cantará Nietzsche, que se ve como el dios, que se ve como el esposo de Ariadana, su alma, su Sofía, llena de uvas que él, gran vendimiador, va a podar.

    Todos nosotros somos hijos de dioses y humanos y recorremos laberintos imposibles durante el sacro oficio —sacrificio— que es nuestra vida. Deberemos liberar a nuestro titán, a nuestro ángel caído para alcanzar el momento sagrado y llegar a ser dioses, a cumplir con nuestro compromiso de vida.

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