Párrafo 20.2

20.2. «Las religiones tienen también su parte de código moral, ético, estético y doctrinal de obligado cumplimiento como fórmula para asegurar la salvación o el premio. Y es desde estas premisas desde las que han contribuido al fomento de la coacción, el miedo y a menudo el desprecio, la persecución o el rechazo hacia el miembro de la comunidad que no ha seguido las pautas prefijadas. Este sentido excluyente y limitador de libertades del adoctrinamiento religioso ha potenciado una fuerte complicidad grupal.»

COMENTARIO DE EL AVENTURERO

Ya sólo con tener la creencia de que los demás perciben la realidad como uno mismo es tener una postura doctrinaria. Vemos como algo normal que se imponga una misma ley para todo el mundo con sus consecuentes premios y castigos, pues todos somos individuos en alguna medida iguales y en alguna medida diferentes, aunque no tengamos claro en qué y porqué. De eso se encarga la doctrina, salvadora del caos que llevamos dentro. Caos, por cierto, necesario en todo espíritu creativo, originario. Y también se encarga de hacernos olvidar que toda creencia es una idea con una fuerte sensación de que es verdad. Y así, a través de las sensaciones (mejor, las emociones) percibimos algo como verdadero o falso, bueno o malo y lo mezclamos todo con lo bello y lo feo. Confusión que se adhiere inmediatamente a todo corpus doctrinal, estructura de la perfección. Y todos queremos así ser perfectos en alguna medida, la que sea y con lo que sea, pues se convierte en nuestro propio beneficio.

En esa maraña de relaciones contradictorias el “yo” y el “tú” se atrincheran y disparan juicios y levantan las cejas cuando hablan del Bien. Teorizan sobre ello, sintiéndose eternos. Y contradictoriamente plantean de forma absoluta que el Bien absoluto no existe pues no lo pueden alcanzar, y se regocijan internamente del castigo de aquel que no se ha sometido a la ley que tanto les está fastidiando. Como en una prisión.

Parece que nadie cae en la cuenta de que, cuando una ley no funciona de forma práctica, no queda demostrada y entonces no hay ley. No tenemos, tampoco, un espíritu científico. Olvidamos que, en realidad, el Bien, la Verdad y la Belleza son, todavía un misterio. Palabra fundamental de la cual brota toda intención espiritual.

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1 Comentario

  1. Loli
    7 noviembre, 2021

    Parece que vivimos unos momentos en los que se plantea el dilema de, o bien profundizar en nuestra complejidad humana, o bien abandonarnos a la superficialidad, a la simpleza del pensamiento arrastrado por emociones infantilizadas y darle una categoría de la que adolece, aparece la doctrina.

    Así, esa simplicidad lleva, actualmente, a justificar y dar categoría de dogma, de ley que no permite el derecho a la duda, a afirmaciones que huyen de cualquier campo, ya sea el científico, el humanístico o el artístico…

    Hasta el propio ámbito religioso, sin haberse desprendido de la rémora de poder, lo abraza sin dilaciones aún intuyendo que, en muchas instituciones de esa índole, puede suponer su propio aniquilamiento.

    Y todo ello, en realidad, amparado en la inacción de las gentes que, adormecidas, o no, pero prefiriendo agarrarse a la inmovilidad antes que a la aventura que su propia biología demanda, parece que lo estamos permitiendo e incluso….demandando.

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