Párrafo 20.3

20.3 «La relación entre los hombres basada en el amor potencia el destino subjetivo hacia una realidad superior, pero cimentada en la complicidad sólo es posible para cometer delito. No sería exagerado afirmar que este tipo de grupo humano está potencialmente delinquiendo, y es obvio que en el tiempo histórico que vivimos casi todas las sociedades están basadas en este tipo de realidad. Ello no quiere decir que las personas estén depravadas, pero sí permanecen alejadas de sus posibilidades evolutivas superiores, la gente crédula se ve engañada ante la profusión de máscaras simétricas que han ido encerrando la vida y conciencia propias.»

COMENTARIO DE EL AVENTURERO

El encorsetamiento al que el ser humano se ve sometido desde que nace, está limitando claramente sus posibilidades evolutivas. La sociedad, la religión, la educación, la familia e, incluso, la amistad, condicionan de tal manera nuestro funcionamiento, que es difícil escapar de su influencia. No somos seres libres dentro de este marco pernicioso que nos envuelve. Sólo el discernimiento de su verdadero influjo y su consecuente abstracción, nos haría un poco más libres, pero se trata de un arduo trabajo, individual y solitario, que requiere una fina inteligencia y una gran perspicacia.
El sistema nos engulle, la religión nos crea temor, y la educación condiciona nuestra manera de pensar y de relacionarnos con los demás. Y, de esta manera, quedamos atrapados en la eterna pregunta: ¿qué se espera de mi? Y ante la falta de respuesta, caminamos a tientas, probando diferentes formas de contentar a nuestro entorno, de evitar conflictos externos e internos, de saciar la sed de una sociedad que hace tiempo que perdió el rumbo, y que nos obliga a ser cómplices de su confusión.

Y aquí surge la dicotomía entre “complicidad” y amor. Si el amor es un elemento que potencia e impulsa, la complicidad paraliza, estanca y bloquea cualquier impulso. Si el amor transmite verdad, la complicidad enmascara la mentira. Si el amor obedece al valor, la complicidad no es más que cobardía.
Ser cómplice no es más que ejecutar aquello que el sistema espera de nosotros. Seguir jugando al juego en el que nunca se mueve ficha.

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3 Comentarios

  1. Rafa
    10 noviembre, 2021

    He oido decir en algunas ocasiones al autor de este libro que el amor es un privilegio.
    Pero realmente que significa practicar el amor?.

    En mi opinión debe de ser forzosamente un descubrimiento personal alejado de todo convencionalismo.
    Las sociedades establecen normas en función de costumbres, religiones o filosofías pseudoreligiosas en las que se definen los conceptos y parámetros sobre lo que son o no son actos de amor.

    «Ayudar a los pobres, marginales o refugiados», puede ser un acto de amor, si no te imponen como tienes que hacerlo, si sabenos quienes son los pobres y si no se ocultan intereses personales de otra naturaleza, si no se establecen como una doctrina y si aflora de la parte mas profunda de nosotros mismos.

    De otra manera forma parte de una complicidad social que en vez de impulsar y potenciar nuestro destino, justifica nuestras acciones y entonces lo que estamos cometiendo es un delito.

    Para practicar y conocer lo que es el amor, debemos practicarlo lo más cerca posible de nuestro yo, y no formar parte de una profusión de máscaras que deciden los actos de amor por conveniencia y hasta quizá por sufragio universal.

    Un abrazo

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  2. Panacea
    12 noviembre, 2021

    Quizás habría que preguntarse antes que nada por qué la necesidad tan generalizada de sentirnos aceptados. En todo ambiente o grupo en que nos introduzcamos pasamos por un trámite previo de observar y adoptar los códigos de conducta establecidos para adecuarnos y no sentirnos rechazados. El temor a la crítica está presente y actuamos de acuerdo a ello.

    Un niño desde sus comienzos de socialización se somete a los dictados del grupo sino al líder, que marca sus reglas de forma clara. El niño que no se incluye, fácilmente ha de pagar un precio.

    El adolescente vive inmerso en un estereotipo de comportamiento que si no está dispuesto a sumarse tendrá que afrontar un camino de aislamiento y soledad difícilmente soportable.

    El que es distinto y no abandona es raro y normalmente candidato a la exclusión. ¿Qué clase de fortaleza hay que tener para no doblegarse a los imperativos que nos vienen marcados desde fuera? En primer lugar, una creencia en uno mismo lo suficientemente sólida como para aprender a vivir en coherencia y consonancia a lo que es nuestro y nos va indicando para desalojar cualquier llamada al olvido de lo que ha de ser nuestro camino. No solo requiere fortaleza sino también valentía. Desde ahí, cuando se logra el respeto a la distinción, se abre un camino inmenso a la expansión y a verter hacia los demás la potencialidad que habita en cada uno desde un universo de diferencias y peculiaridades que si lográramos amalgamar y mezclarnos desde la diversidad, se nos abriría un mundo de encuentro y de suma donde nos sorprenderíamos ser capaces de sentirnos cerca unos de otros y donde la emocionalidad y el cultivo de los sentimientos sería un campo abonado hacia esa realidad superior.

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  3. Loli
    14 noviembre, 2021

    Solemos dar al pensamiento que normalmente generamos, una categoría de “profundidad” de la que adolece.

    Hoy por hoy sigue siendo producto de la necesidad, y la necesidad, también hoy por hoy en general, producto de la limitación sensorial, y por tanto sensitiva, del estado actual de desarrollo en el que nos movemos.

    Se elaboran, de este modo, planteamientos en el fondo superficiales, aún penduleando entre la dualidad bien y mal.

    Es posible que dentro de esa linealidad, sin ser aún capaces de ahondar en las dimensiones por alcanzar de nosotros mismos y, por ello también, de las propias sociedad que podríamos ser capaces de conformar, actualmente el hombre se enroque en analizar dualidades simplistas hasta conseguir el afinamiento deseado que las haga converger con sus necesidades, reales o ficticias.

    Necesidades que, finalmente, se vinculan a la supervivencia, vinculándose esta última, a su vez, no solo al mantenimiento de un determinado estado físico, sino también emocional e intelectual, es decir todo aquello que convierta lo poco conocido en “universal e inamovible”.

    Eso es, seguramente, el trabajo, la finalidad de la doctrina, de forma que se pueda presentar, bajo la “manta” aparencial de la más elaborada retórica, teoría.

    Es posible que solo aquellas actitudes que cultiven la incomodidad y el riesgo inherente de la duda y de la ignorancia por lo que aún desconocido, estarían, pienso, en condiciones de “tirar de esa manta.

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