Párrafo 4.17

4.17 “Estar alerta para no tener esclavos psicológicos y evitar confundir el afecto con la sumisión son obligaciones primordiales en la búsqueda de una identidad superior”.

COMENTARIO DE EL AVENTURERO

¿Qué le pedimos al otro? Que nos quiera, que nos reconozca, que nos valore y, sobre todo, que nos entienda. Y nosotros decidimos si ha logrado el objetivo en función de si su respuesta se amolda a nuestra expectativa, a nuestra necesidad emocional, dando por hecho que solo nosotros podemos decidir lo que nos conviene. Demandamos que nos perciban con la misma visión esteriotipada con la que nosotros nos miramos, sin darles la oportunidad de que “nos descubran”.

¿Qué esperamos del otro cuando esperamos que nos entienda? Buscamos una confirmación que nos haga sentir que no estamos solos en nuestro punto de vista y que, por lo tanto, no estamos equivocados. Partimos de la base de que cuando nos sentimos solos suele ser como consecuencia de habernos sentido abandonados, y cuando esto ocurre, achacamos la responsabilidad o la culpa a un otro incapaz de ponerse en nuestro lugar, como si nuestro lugar fuera el “lugar” por antonomasia.

Según el diccionario de la RAE: “dícese esclavo del hombre o la mujer que por estar bajo el dominio de otro carece de libertad”. Esclavizar psicológicamente a alguien supondría pues, condicionar su libertad en función de nuestras supuestas necesidades; hacerle prisionero de nuestras expectativas. Se percibe claramente cuando alguien dice “esa persona me ha fallado” o “no esperaba eso de ti”.

Si nuestra obligación es estar alerta para no promover este juego tramposo entre lo que los demás nos “deben” y lo que creemos que recibimos, habría que plantearse qué vías nos facilitan salir de este enredo. Quizá ayude intentar renunciar a tener razón y atrevernos a ponernos en cuestión.

Desde un punto de vista cognitivo, podemos decir que la realidad la enfrentamos en tres pasos: percibimos lo que nos rodea, lo interpretamos y posteriormente pensamos sobre ello, es decir, elaboramos teorías. Pero la interpretación de los hechos siempre estará sesgada, ya que nuestros canales sensitivos no están suficientemente desarrollados y además están contaminados por experiencias previas. Desde aquí no parece descabellado plantearnos la necesidad de cuestionar nuestras percepciones, poner en duda la certeza de nuestros pensamientos o incluso la legitimidad de nuestras emociones.

Intentamos ejercer el control sobre el otro, pretendiendo ponerlo a nuestro servicio, como si estuviera ahí solo para responder a nuestras demandas o alimentar nuestros sueños. Como consecuencia de un planteamiento binario, tendemos a incluirlo en categorías, “o estás conmigo, o estás contra mí”, sin caer en la cuenta de que al limitar de este modo al otro, estamos siendo limitados a la vez por nuestro sistema de creencias y por nuestra falta de matices a la hora de enfrentar nuestra pequeña porción de realidad consciente. ¿Por qué nos entretenemos tanto en echarle cuenta a las ofensas y a los desplantes? ¿De que responsabilidad individual nos estamos distrayendo?

La respuesta inesperada o incluso la ausencia de respuesta del otro suele desencadenar un intenso dolor, pero es importante recordar que, al menos en la etapa adulta, ese dolor ya estaba ahí y simplemente se ha reactivado su memoria. Llueve sobre mojado, y encontrar las vías adecuadas para cerrar la herida, no solo nos libera a nosotros, sino que libera también a los que supuestamente la infligieron y a todos los otros, de los que esperamos una reparación.

Nos miramos en el otro como en un espejo, y esperamos reencontrarnos con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Por fortuna, el otro no es un clon, y si nos mira con la curiosidad del que nos ve por primera vez, su mirada posibilita el descubrimiento de una dimensión más amplia, que nos libera de la estrecha concepción que tenemos sobre nosotros mismos. A veces es un fogonazo, solo un segundo, pero es la chispa que por un momento nos enciende.

Eso y no otra cosa, es lo que el otro nos debe.

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17 Comentarios

  1. Bárbara
    18 noviembre, 2012

    Lo inquietante es que nunca tendremos toda la información para valorar las situaciones. Es imposible entonces estar seguro de nada. ¿Las certezas no existen? Y si existen, ¿no tendrán más que ver con la intuición o con algo que no necesariamente pasa por la argumentación cerebral?

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  2. Alicia Bermúdez
    18 noviembre, 2012

    ¿Es la vida otra cosa que un constante demandar los unos de los otros?
    No digo que sea lo deseable, pero sí que es aun a nuestro pesar y a todas las protestas que podamos esgrimir aduciendo “lo hago por ti”.
    Se hace “por ti” los padres con los hijos desde que nacemos; y eso que se hizo por esos hijos por los que se hizo “por ti” no siempre redunda en beneficio de los hijos. Y se los ve en infinidad de ocasiones crecer no tan felices como se hubiera deseado o como se considera que en virtud del esfuerzo realizado deberían serlo.
    Y se espera y se exige que aquel por el que se hizo lo que se hizo por él y para que fuera feliz, lo sea, sin más y sin rechistar y punto en boca.
    Y los padres se sienten frustrados; y no sólo por ver no feliz al hijo para el que se deseó y se hizo “lo mejor y por ti” sino, también y en mucha parte, porque “¿y de todo lo que yo hice por ti, qué?” y porque, encima, el condenado del chico va y rechista.
    Porque aunque nos queramos engañar cuando estamos haciendo algo por otro siempre lo estamos haciendo en gran parte por nosotros mismos. Y de los hijos esperamos que nos den satisfacciones, y que en moneda material o inmaterial nos devuelvan y resarzan nuestro esfuerzo o, al menos y si no propiamente de ellos o desde ellos, esperamos que en algún lugar por más impreciso o abstracto que el lugar pueda ser queden impresos nuestros méritos y, de alguna forma, ver satisfecha nuestra vanidad, el reconocimiento de haberlo “hecho bien”.
    ¿O es eso, íntimamente y aunque jamás lo confesemos, lo que más nos importa? Nosotros, “yo”, en definitiva.
    Y los hijos también se sienten frustrados porque… ¿son desagradecidos?
    Y se genera una especie de círculo de eslabones imposible de romper, de reproches y de réplicas y de contrarréplicas.
    Y, así, desde que nacemos. Desde que salimos del vientre de la madre y nos dan ese primer cachete en el culo (creo que es en el culo) que creo que se da a todos los recién nacidos en el culo…
    (Continuará, que tampoco corre prisa y tiempo habrá)

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  3. Diodoro
    18 noviembre, 2012

    Buena propuesta del autor, buen análisis de Aventurero.
    Lo cierto es que yo conocí a una persona que tenía el raro mérito de homogeneizarse con aquél recién conocido.Decía que lo ponía en práctica para aprender del otro, para consustanciarse hasta parecerse o ser elmismo otro. Pasado el período de aprendizaje e incorporación, practicaba ese comportamiento durante al menos un mes. Luego volvía a ser el de siempre, es decir el de muchos intermezclados. Algún otro amigo lo convenció de que esas facultades debía invertirlas en ser actor, representador de muchos, máscara de todos. Lo hizo, en las distintas escuelas y talleres en las que participó se aburrían de él porque siempre interpretaba a la perfección la idea de un personaje dado. Nadie quería que fuera tan preciso, sobre todo los profesores, que no sabían qué decirle a ese tipo casi perfecto en asumir personalidades literarias varias. Él mismo acabó por cansarse de frecuentar las distintas escuelas y obligado a conocer de memoria una enorme cantidad de protagonistas teatrales. Finalmente terminó por montar actuaciones en el Parque de El Retiro. Se situaba en la plaza de La Alcachofa y esperaba ver pasar a la gente, hasta encontrar a alguien cuya imagen le llamara la atención, reconociendo su encarnadura caracterológica y funcional, y se ponía a imitarlo, siguiéndolo por detrás, acompañándolo durante un largo rato como su sombra, hasta que el imitado notaba algo en su entorno, que la gente lo miraba, se reía a veces, aplaudía como si fuera a él mismo. Entonces mi amigo se esfumaba entre la gente y recomenzaba con otro paseante. Comenzaron a llamarle “La Sombra”, hacerle entrevistas en radio y televisión, a contratarlo para diversas actuaciones. Era tan enorme su capacidad de transformación en el otro, que acabaron por renominarlo como “La Holografía”. Con ese nombre llegó al teatro manteniendo durante meses un espectáculo basado en la captación de los asistentes. Fuí a verlo, luego de la función nos reunimos y decidimos tomarnos unas copas en un local oscuro y silencioso, con buena música. Allí comenzó de pronto a imitarme, lo hacía tan bien que pronto comencé a sentirme mal. Era como si me despojaran de todo lo que había construído como mi personalidad durante años. Noté que se daba cuenta de ello, y que el mismo denotaba una inquietud tan altrerada como la mía. Me puse muy mal, me perdía en mi propio ser que no era otro que él, me vaciaba, deaparecía. De pronto él dejo de hacerse yo, cambio su actirtud, su cara, su expresión. Me miró con una terrible mirada de desasosiego, y tomando mis manos dijo, con una tristeza inenarrable: ¿Eso es todo lo que encierras en tí?

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  4. Luz
    18 noviembre, 2012

    ¿O es solo lo qué supo leer de ti?

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  5. Luz
    18 noviembre, 2012

    Me dejo esclavizar por lo que me ríe,
    por la sin razón que descubre,
    por la puerta que se abre
    por la comunión de la que liban los santos
    por las sombras de los asombros.
    Me dejo esclavizar por la vida,
    al agua de las Batuecas,
    a los saberes sentidos,
    a los corazones perdidos,
    a los sudores cansados,
    a la sencillez de los sencillos.
    Me dejo esclavizar por los esclavos
    a cada lágrima amarga,
    a cada lágrima dulce,
    a las vueltas de la rueda de la rueca,
    a un erase una vez… un aleteo de ángeles,
    a cada endorfina posible de sus abrazos trenzados,
    al movimiento que se hace andando…
    … ¡y a tantas gotitas que se prenden en cada poro de la vida…!.

    https://www.youtube.com/watch?v=Besb25n3va0

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  6. Kairós
    19 noviembre, 2012

    Atrevernos a saltar por encima de ese “lugar seguro” que hemos construido y nos constriñe, desespera y estanca. Abandonar las emociones conocidas, infectadas de experiencias pasadas y descubrir un azul más limpio.
    Atravesar el “creo en mí” para llegar al “creo ”, o al “me aventuro a creer en algo nuevo y futuro mejor”.
    Una herida abierta, dos, cuatro… Heridas… Mías. Mis heridas. Un camino a recorrer para abrir una nueva vía, para vivir. Coger el peso y liberarlo. Uno mismo. Sin verdugos, sin ejecutores.
    Estrecheces cómodas, como los jerséis que no queremos tirar, aunque no abriguen ni protejan ni nos gusten ni nos valgan… ni nos hagan crecer.
    Atreverse.

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  7. Afrodita
    20 noviembre, 2012

    Cuando llegamos a eso que se llama uso de razón ya llevamos un lastre, aunque no lo recordemos; ya hemos tenido encuentros y desencuentros con aquellos que todo lo que hicieron por nosotros fue por nuestro bien; ya nos han reprochado y les hemos reprochado y nos hemos los unos a los otros y los otros a los unos replicado y contrarreplicado.
    Y cuando ponemos la mano por primera vez en el picaporte de la puerta de nuestro mundo y de los nuestros para abrirla y entrar en el primer contacto con esos otros “otros” que no son los otros ya conocidos o vividos en propia carne y con los que para bien o para mal o para regular ya hemos establecido unos vínculos y firmado los correspondientes pactos de no agresión (o de no sacarnos los ojos, por lo menos) lo hacemos — según cómo nos haya ido la fiesta hasta el momento — o asomando el hocico con prudencia o a pecho descubierto y tumba abierta y… pues que sea lo que Dios quiera.
    ¿Hay más opciones?
    Pues… Bueno, ¿Cuáles?
    Se es confiado y generoso y comprensivo y tolerante y filántropo o se es desconfiado y egoísta e incomprensivo e intolerante y misántropo, o se es un poco de lo uno y un poco de lo otro porque “pero” pero “pero”.
    Así que, entre unas cosas y otras y a pesar de los “peros” parece que hay bastantes opciones. Sí. Ninguna neta, ninguna pura, ninguna limpia del todo; pero las hay.
    Y los otros, los “otros” nuevos con los que nos encontramos ahí fuera; pues están en las mismas y arrastrando, como nosotros, las propias experiencias de sus propias fiestas; predispuestos, lo mismo que nosotros que a saber de cuál de las categorías seamos, a lanzarnos en los brazos del de enfrente o a su yugular o, por el pero “pero”, a guardar las distancias, y las formas, y los ases en las mangas, y a pactar.
    Por lo general, y de peor o mejor grado, se termina por — en virtud de una amplia batería de argumentos de lo más heterogéneo y contradictorios muchas veces — por pactar.
    Pero pactar es como cuando, en una comida, se pide vino rosado no porque sea el que está prefiriéndose sino porque, “caramba, no es tan tinto como yo lo quería, confórmate por tanto (y aunque sea) aunque no esté siendo tan blanco como lo querrías tú”.
    Y nos repartimos, en buena armonía y para ir abriendo boca así para empezar, pequeñas tiranías y esclavitudes que, no hay que desesperar ni que agobiarse, ya irán de nuestras propias manos yendo a más.
    De forma que — y para ir terminando — lo mismo que en la niñez sucedió dentro de la familia, sucede en la vida adulta en todo tipo de relaciones; más naturalmente en las afectivas — ya que en las laborales o de otras índoles es comprensible que haya que avenirse a acuerdo —, quiero decir “de forma más problemática” puesto que entra bastante en conflicto los sentimientos con los intereses aunque curiosamente suelen andar con demasiada frecuencia mezclados, interfiriéndose, y eso suele dar malísimos resultados.
    Alicia Bermúdez

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  8. Ángela
    21 noviembre, 2012

    ¿Somos capaces de detectar estas situaciones de esclavitud o de sometimiento que inconsciente o conscientemente provocamos?
    Tal vez el autor nos habla de no alimentar continua y constantemente nuestro ego.

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  9. Carmen
    21 noviembre, 2012

    Siento alrededor de mi cuello un montón de cadenas y en mis manos, sujetas por mí, otras tantas.
    Las múltiples fuerzas que tiran en distintas direcciones, además de ahogarme, provocan que yo no pueda moverme un ápice.
    Otro tanto provoco yo en las cadenas que sujeto…y así una inmensa red de seres encadenados unos a otros y a la más absoluta nada.
    Me falta la respiración, sólo queda un movimiento interno de gran potencia que nos libere y nos haga llegar otra luz.
    Mientras tanto tengo fija en la retina y en la entraña la imagen de un muchacho en Siria arrastrado por una moto atado por los pies y escoltado por otro grupo de motoristas supongo que orgullosos de su hazaña. Lo malo es que somos todos los motoristas y los encadenados.
    Duele demasiado el mundo, pero si lo hemos hecho todos, también podremos deshacerlo e intentar otra vida más profunda, más liviana, más feliz…¿Hasta cuándo?

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  10. Atila
    22 noviembre, 2012

    Los sufis bailan en circulo, con la mano izquierda subida mientras dan las vueltas cogen la energía del universo y con la otra mano la entregan a la humanidad, a la tierra. Tienen gran respeto por las otras religiones, lo importante para ellos es el contacto con Dios.
    La entrega les evita no esclavizar a nadie ni ser esclavo de nada, ni ser admirados, ellos dan amor a cambio de nada. Ni están apegados a lo material, su propósito es servir y nada mas.
    Siempre buscamos la aprobacion , ser estrellas, que nos encuentren estupendos y depende de quien estemos actuamos como camaleones. Ocultamos nuestras debilidades esperamos caer bien. Yo esto lo encuentro agotador.

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    • Alicia Bermúdez
      22 noviembre, 2012

      Imagino que lo que querías escribir es “la entrega les evita esclavizar”; aunque, como dentro del contexto se deduce, resulta evidente que ha sido sólo una errata.
      Un saludo

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  11. Rafa
    23 noviembre, 2012

    Quizás el otro esté ahí para encontrar la parte de nosotros que no conocemos;

    Tendríamos que inventarnos entre sí, pero de manera permanente, reinventarnos
    como si nos conocieramos por primera vez, él y nosotros, pues si pensamos que ya sabemos como va a reaccionar, y como voy a hacerlo yo, trataremos de utilizarlo para nuestros fines, y lo que es peor esa imagen antigua nos convertirá en estatua de sal a él y a nosotros, por eso casi siempre intentamos juntarnos con las mismas personas , con las que responden al esquema que nos hemos forjado, y “nos gustan”,

    Cuando nos atrae dos veces la misma cosa, yo creo que yá nos estamos engañando,

    los afectos , no consisten en dejar al otro que actúe sobre nosotros siempre de la misma forma, dejándole creer que eso es amor, o amistad o autoridad, pues, esto nos lleva solo a las complicidades.

    Decía Oscar Wilde, “que el hombre tiene dos tremendos dramas , uno es que no le pasen las cosas que desea, y el otro , que le pasen”.

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    • Luz
      25 noviembre, 2012

      ¿Sin desear?

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  12. Luz
    23 noviembre, 2012

    Quizás, para lo sumiso haya fidelidad y para el afecto, lealtad; quizás, al esclavo psicológico, se le vende y se le compra, y al afecto verdadero, ni se compra ni se vende; quizás lo sumiso, sea codificable, y el afecto, intensificable y amplificable; quizás, que lo sumiso no sepa de libertad, y al afecto, rompa límites y barreras; quizás lo sumiso se busque con argucias y malicias, y al afecto, se entremezcle, corazón a corazón de gitanos, que no saben de puñalás… traperas; que lo sumiso, sienta con “revueltas”, y el afecto, no de “vueltas”: quizás lo sumiso desconozca porque llegue sin llegar, y el afecto, sienta porque llegue vibrando…
    Quizás desde la sumisión se imite, y desde el afecto se inspire…. con las plumas de negro…¡uhmm!…que viste el cuervo que disfraza a Lug, una rueda de chocolate y al patriarca de las magias blancas, del hechizo, del embrujo… pues a donde occidente se viste de púrpura…
    …Digo…¿?

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  13. Luz
    23 noviembre, 2012

    Revueltas= malpensares.
    no vueltas:= sin malos pensares.

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  14. José
    24 noviembre, 2012

    La sumisión nos hace complices no amigos. El no atreverse a refutar o a discernir por mantener un comportamiento, mal llamado, virtuoso nos impide allanar nuevos caminos.

    El comportamiento sumiso a reglas establecidas tendientes a coartar la libertad de expresión, nos impiden dar pasos hacía lo ignorado. No nos deja mirar más allá de la apariencia, no nos permite ampliar el espectro de los colores, de los sueños

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  15. Mandrágora
    25 noviembre, 2012

    Este párrafo me lleva a otro comentario que el autor escribió hace años y que decía, cito literalmente: «Cuando alguien te pida riqueza, no se la des. Aunque te cueste, recibe su pobreza».

    El halagar y recoger agradecimientos, es una reafirmación difícil de sustraerse y que entiendo ahoga el camino del encuentro. Por el contrario, ser sabedor del rechazo que de antemano provoca una determinada reacción en mor de una causa considerada limpia y adecuada, parece claro que facilita no sólo desprenderse de esos «esclavos psicológicos» que cita el autor, sino apostar por una urdimbre que vaya poco a poco despejando y abriendo un espacio más amplio y auténtico. Diría que es poner la mirada en un horizonte donde a veces sí que los medios pueden justificar el fin.

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