Párrafo 4.25

4.25 “Esto genera un estado de complicidad que se agarra como una pesada herencia al comportamiento neurovegetativo, y se estará formando una depresión pasiva o una ritualización del pensamiento o una melancolía en torno al fracaso y la muerte. Con el fomento del sufrimiento aparecen estados obsesivos tales como controlar, relatar con detalle lo más insignificante, introducirse en una profunda necesidad religiosa alrededor del orden o buscar una vida dominada”.

COMENTARIO DE EL AVENTURERO

Mujeres que se acuestan con desconocidos porque no quieren dormir solas. Hombres que mantienen relaciones muertas, aterrados ante la idea de quedarse solos. Mujeres y hombres que alimentan supuestas amistades por miedo a pasar los días solos. Personas que llaman a otras simplemente porque se aburren. Personas usadas por otras personas incapaces de gestionar su soledad.

En la intimidad de nuestro pensamiento más sincero, ¿cuántas relaciones mantenemos por comodidad? ¿Cuántas por conveniencia? ¿Cuántas por miedo? ¿Cuántas de ellas por compasión? ¿A cuántas personas utilizamos y por cuántas de ellas somos igualmente utilizados?

Usar a los demás como un medio para conseguir nuestros fines es una práctica tan cotidiana, que uno ya no se detiene a discernir entre las verdades y las mentiras de su propia vida. Y si llegamos a la conclusión de que, efectivamente, ese al que llamamos amigo no lo es, pasamos a la fase de convencimiento y nos repetimos que lo hacemos por el bien del otro; el otro nos necesita, y le dejamos así indefenso ante nuestra manipulación. Pobre otro, que no puede caminar si no es de nuestra mano. Pobre otro, que vive engañado por nuestro afecto aparente y caritativo.

Imagino que eso es la complicidad; un rinconcito emocional que nos resulta acogedor porque no implica responsabilidad ni sobresaltos; solo un pacto tácito de encubrimiento, de no cuestionar al otro si no te cuestiona a ti, de no abandonar al otro si no te abandona a ti, de justificar juntos nuestras miserias. En definitiva, de no ayudar a los demás a enfrentarse a sus propias barreras y de no permitir que nos enfrenten a las nuestras. De convivir a este lado del muro cogidos de la mano y sin levantar la voz. Algo comprensiblemente apetecible desde el miedo, pero peligroso y esclavo si el objetivo es alcanzar la libertad.

Y una vez localizado este comportamiento, podemos continuar con nuestras farsas afectivas, o podemos echarle un poco de valor y descubrir qué se esconde al otro lado del muro. Aun sabiendo que quizá tengamos que escalarlo solos.

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6 Comentarios

  1. Afrodita
    20 enero, 2013

    Termino justo de leer el comentario de el Aventurero — el texto del autor ya lo conocía, por supuesto, aunque conocer los textos y haberlos leído varias, e incluso muchas veces, no es garantía (para mí al menos, que siempre tengo la sensación de que me empapo muy poco de ellos y me suelo quedar bastante muda a la hora de comentar) de saber interpretarlos — y me ha parecido que su reflexión retrata muy bien qué y cómo suelen ser las relaciones humanas.
    Las formas de complicidad y de dependencia que nos muestra son en verdad bastante aterradoras pero, más, si cabe, en el terreno de la amistad.
    En los demás terrenos, incluso en el del matrimonio, se “puede” justificar (aunque haya de ser en ocasiones a la trágala) o comprender en nombre, si se quiere, de la oficialidad y del hecho de que como, a fin de cuentas, se trata de una relación contractual…
    Pero, cuando se trata de amistad…
    En una ocasión leí una novela en la que una mujer hablaba de la amistad. Me ha venido a la memoria y, como yo no lo expresaría mejor — a mi criterio, claro, — os pego el párrafo aquí:
    “… un tipo de relación que… ¿Qué es?… ¿Cuánto tiene de efímera o de eterna?
    Porque, digo yo, los hijos, los padres, los hermanos, lo son durante toda la vida. Un marido, lo es mientras no se cancela el contrato matrimonial. Mi zapatero, mi peluquero, mi pescadero… lo son durante el periodo de tiempo – largo o corto – que yo permanezca conforme con la reparación efectuada a mi calzado, contenta con mi peinado o satisfecha con la ocasional rodaja de merluza.
    Pero… ¿cómo ni con qué se cuantifica la durabilidad no avalada por la vigencia de un contrato, ni por unos lazos de sangre ni por trueque ninguno de intereses?”.
    En fin que, Aventurero, un comentario muy bonito que me temo te va a acarrear alguna bronca. Cuesta admitir que se es esclavo de la comodidad, o de la cobardía, o del miedo a la soledad o a no saber colocar un enchufe (las señoras) o hacer un dobladillo (los caballeros).

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  2. Ni ALFA, ni OMEGA
    20 enero, 2013

    Yo, en cambio, he llegado al convencimiento de que es bueno enojarse con la gente, pelearse, dejar de hablarles, ya se trate de familiares, amigos, compañeros de trabajo o simples viandantes que se crucen en tu camino por la calle, el autobús, el metro, o en el mismísimo cursillo que te aburre hacer. Y que eso de la historia compartida es lo de menos, porque a la mayoría de nosotros lo que más nos retrae a la hora de poder enojarnos con alguien es creer que se ha perdido mucho tiempo con esa persona, en conocerla, en tratar de ser su amigo, en procurar comprenderla y ayudarla si es un pariente, o de criarlo, educarlo y todo lo demás, si es tu propio hijo. La gente es, somos, muy tacaña, si invertimos en relaciones queremos ganancias, ya sean afectos desinteresados, que casi no los hay, o plenos de intereses vitales, económicos y sociales, que son la mayoría.
    ¡Hay que ser más desprendidos, coño!. Menos mal que hay personas que si te peleas con ellas a la larga lo agradecen. Vamos, que lo estaban deseando aunque no se atrevían a dar el primer paso, pero poco después de celebrada la ruptura se viven aliviadas.
    Por eso es que desde hace un cierto tiempo me vengo peleando y enojando con casi todos, familiares, amigos, compañeros de trabajo. Lo hago para demostrar mi decisión, arrojo y valentía. Es una opción muy consciente y veo que está dando sus frutos. Me peleo con ellos y dejo de hablarles, de compartir nuestras existencias. Los ignoro, y además los fastidio tanto que ellos terminan por huir de mí como sí fuera de la peste.
    Por ejemplo, creo que fue hace poco más de un año cuando decidí pelearme con mi primo y toda su familia de una vez por todas. Con él había compartido la vida y las novias desde la infancia hasta el gran viaje común a Europa, y más aún, en el período romántico y recordatorio que imprime la distancia, que es el mejor de los escenarios para mantener una buena amistad o el cariño familiar, y también durante su forzado exilio, que es una situación triste donde las haya, y uno se siente obligado a ser solidario. Cuando mi primo se hizo por fin famoso por hacer películas y se puso a viajar por todo el mundo recogiendo premios, asistiendo a festivales y practicando toda esa parafernalia que afecta a los tipos que triunfan, empecé a pensar que un buen motivo para pelearme con él era que cuando pasaba por Madrid apenas tuviera tiempo de verme, y que cuando lo hacía lo gastara simplemente en contarme sus peliculeros triunfos, o sus nuevas riquezas materiales, en lugar de hablar de nosotros, entre nosotros.
    Con su familia fue más fácil. La mujer y los chicos se empeñaban en ignorarme, o nunca se enteraron bien de qué era lo que a mí me impulsaba como individuo. Aunque yo estaba seguro que la culpa también era de él en este caso, de mi primo, porque al igual que suele hacer en sus películas, en vez de explicarles mis más profundos sueños de ser humano se limitaba a relatarles mi anecdotario particular y familiar, las cosas graciosas que me habían ocurrido, o las torpezas en que habría incurrido, como si yo fuese un personaje de historieta cómica, o el anecdotario viviente de un ser sin trasfondos argumentales.
    También por eso fue que decidí enojarme. Quiero decir, porque en sus películas yo veía que sucedía lo mismo, cada vez más alejadas de la verdad y menos vinculadas con la sociología y la política actual o pasada, cada vez mas personalistas y humanamente anecdóticas. Así también lo debió de entender el famoso crítico de cine que le soltó una dura diatriba sobre la última vacuidad convertida en celuloide y recién estrenada, por lo que yo me apoyé en ello para adjuntar argumentos con los que labrar y justificar mi propio enojo. Le envié una carta donde le dejaba bien clara mi postura contra esa fórmula hibernada de mantener nuestra amistad, rematándola con una crítica acérrima al camino casi perverso que llevaba su último cine.
    Inmediatamente dejó de hablarme, de escribirme o llamarme por teléfono, y ni siquiera me puso a parir o se revolvió contra ello, y eso fue lo que más me mosqueó. Cuando uno decide pelearse o enojarse con el otro lo lógico, lo que uno se espera, es que el otro patalee, proteste, se indigne o se defienda, pero mi primo no. Está tan seguro del argumento que ha inventado para su vida, tiene tan claro el papel estelar que ha redactado para sí mismo, que supongo dio el asunto por terminado, sin reclamaciones ni protestas de inocencia o argumentaciones defensivas, arrojando sin misericordia más de cuarenta y cinco años afectivos, y convividos, por la borda
    Entonces me di cuenta que mi primo realmente se había sentido aliviado, que eso le facilitaba las cosas, y que le quitaba una responsabilidad de encima. Y mejor aún a su numerosa familia, que en caso contrario hubiera tenido que aprender a entendernos, a mí, a mi mujer, al resto de la familia, con lo cansado y difícil que es eso si uno pretende hacerlo de la mejor forma posible.
    Frustrado por la falta de respuesta, arrepentido en parte por mi actitud, o preocupado por la suya, al cabo de cierto tiempo intenté volver a recomponer la amistad, retejer los hilos de la madeja relacional, pero no hubo caso. Comencé escribiéndole cartas o postales donde me hacía pasar por una joven admiradora, elogiando las películas suyas estrenadas en Madrid, haciéndole la pelota hasta lo indecible. Estaba seguro que él acabaría descubriendo quién era el de las misivas por el retintín que se escondía detrás de las palabras de alabanza, por el cínico tono epistolar cargado de beneplácitos y lisonjas. Pero no sirvió para nada, al menos en apariencia. Luego comencé a enviarle cartas personales, donde intentaba provocarle con lo de: ¿A que no eres capaz de responder?. Mientras que por otra parte seguía manteniendo mis críticas a él, a sus películas. Pero el silencio seguía siendo su respuesta.
    Y así ha continuado la historia. El acaba de volver a España a presentar su última obra y lógicamente no me ha llamado. En todo este tiempo no ha sido capaz siquiera de darme el gusto de mandarme al diablo, de demostrar que está herido, que en el fondo le importo, que me odia porque me quiere. Algunos familiares comunes han intentado tender puentes, incluso me mienten con palabras piadosas, o me transmiten falsos mensajes crípticos supuestamente procedentes de él, como un lacónico y tambaleante: – Dice que tiene ganas de hablar contigo….
    que yo no me creo. O me dan falsas direcciones de correo electrónico que se rebotan continuamente. De todas formas, nunca hubiera sabido como recomponer la base de nuestra relación, sobre que nuevas o viejas verdades compartidas asentarla, de qué forma salvar o asumir la apariencia de las distancias sociales y económicas que nos separan más cada vez más. O quizás no hubiera sido necesario.
    No importa. Para consolidar mi independencia y demostrar que mi primo no es una excepción, incluso envalentonado o cabreado por ello, he seguido peleándome con personas, amigos, familiares, vecinos y simples transeúntes. Me basta con encontrar una excusa, un tema agazapado en la historia compartida, un detalle negativo del fugaz encuentro, u oculto en la larga complacencia amistosa. La fórmula la he extendido a otros ámbitos, y me encanta pelearme con las instituciones, enviarles cartas de queja, de reclamación, amenazarles con el abandono eterno de sus servicios rastreros y chatos, o perseguirlas con un eterno contencioso.
    Más que valiente me estoy volviendo temerario, así que mi vida ha ido cambiando, complicándose. Y todo gracias a mi primo.
    No hay duda, como dicen el autor y El Aventurero, más vale pelearse que estar jodido. Aunque no sé si esto es un problema del ego.

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  3. Trenza de Luna
    21 enero, 2013

    Con la pisada fuerte que dice “¡Ya!”, que sólo puede ser cuestión de minutos encontrar el camino llano y sedoso… donde crecen flores con diferentes colores. Flores que se abren a la madrugada o en la noche sin la luz del sol; otras cuando, éste, empieza a calentar y así sucesivamente hasta aquellas que se abren cuando el astro más calienta y hace ascender el agua del interior de la tierra… Todo es una cuestión de eficacia polinizadora en cada momento, los diferentes insectos se embriagan entre sus colores y formas; claro, como mi neurona, ja.
    Pero aquellas campánulas de los siete colores se empezaron a mover con el roce de aquella túnica cuyos hilos se enredaban en cada una de ellas para teñirse del amarillo del polen. Solo había que dejar que el aire se fuera introduciendo por sus corolas para alcanzar las profundidades de los cálices.
    …El porte se una pisada fuerte, abandona los tropiezos de los pinchos, los pedreros, los lodos de los caminos, sintiendo el cielo en la cabeza y la lengua quieta. Mientras, sus sandalias habrían huella como las pisadas en la nieve, jugando con burbujas de platino para hacerlas danzar alrededor de la rueda de mi pecho, mi cintura y mi frente. Claro que era cuestión de sentirme entre su orgullo, sudado, trabajado, supervivido, ganado cuenta a cuenta, y enfilado por las hebras de los estambres y pistilos de aquellas flores…¡no era cualquier cosa; cualquier necedad!. Porque encontrar la serenidad en el discernimiento, es buscar las pepitas de oro entre estiércol, supone el sufrimiento digno. Un sufrimiento digno en cualquier investigador, poeta y místico, en una misma esencia, presencia … Sería como se ajustan valores observados y esperados mediante una ecuación matemática… Porque mi neurona y mis grandes sabios, que no sabiondos, no contemplan el sufrimiento del castigo triunfalista del necio, como evolucionista e impulsor…sería el huesudo y viejo dedo de la guaxa, de tanta guasa y farsa, que trata de enfundarse entre la pobreza de tantos mediocres y sordos espíritus.

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  4. Atila
    23 enero, 2013

    Entonces apareces como un naufrago buscando una tabla donde agarrarte para salvarte, muchos buscan un club para jugar algo, otros un grupo religioso donde te dicen lo que debes o no hacer otros abrazan una ideología política.
    Los primeros se vuelven esclavos del bridge y a mi me ha aparecido un sufrimiento, aunque no se juegue apenas dinero, las personas están tensas, parece que les va la vida si fracasan o no lo han hecho bien, se supone que van a pasárselo bien y muchos sale amargados, a los otros no les puedes hacer una critica porque se sienten heridos y que su tabla de salvación se ve en peligro y no hay dialogo posible.
    Otros se agarran a sus hijos o a una amistad a los que vampirizan. En resumidas cuentas que el estar solos consigo mismos les horroriza.
    Pero si a veces estar solos es cuando de verdad estas a gusto, contigo mismo: Juzgarte, el porque tus manías y reacciones, ponerte en el lugar del otro y sobre todo el respeto hacia el prójimo, puedes opinar muy diferente y sin embargo decir lo contrario con buenas formas y sin agredir ni que el otro se sienta atacado y que en el dialogo salgan ambas partes mas sabias

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  5. José
    25 enero, 2013

    El pesimismo ha sido parte de la filosofia, de la poetica, de la religión y de la ciencia desde la epocas griegas.

    Durante el siglo XIX y los albores del XX, la intelectualidad se invistió de pesimismo. Las continuas guerras, el miedo a la libertad de expresión. En fin, la desesperanza dio paso a ideologias autodestructivas en lo individual y totalitarias en lo politico.

    El juicio de le Etica impregno todas las ramas del saber. Maniato el devenir de los sujetos activos. Perez de Carrera, creo yo, le da la vuelta a esta concepción de vida. Propone el encuentro, la acción del misterio, la conmoción de la alegria frente al fenomeno.

    Una nueva lectura, una nueva interpretación del saber. Nietzsche, Hoderlin, Bethoven, Mozart, fueron leidos, escuchados con una optica de juicio. Se habla del “terror” de sus vidas, equivoca reflexión pseudomanierista. La alegría del Arte fue, realmente, el antojo de estos “creadores”. El rompimiento de los moldes como idea de que la forma esta en constante transformación. Que late siempre.

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  6. Un deliquio o soliloquio
    26 enero, 2013

    Siempre ha sido muy ensalzado, el sufrimiento. Se lo ha mirado con una especie de reverencia. Nadie lo ha querido para sí, desde luego, pero las vidas atormentadas y las historias trágicas (de otros, claro) siempre ha despertado un cierto morbo que les ha conferido una especie de halo de gloria.
    La poesía, la prosa, las novelas y novelones, las películas, tienen más posibilidades de ser consideradas “buenas” si meten el corazón en un puño o hacen llorar con desconsuelo.
    Hay un incomprensible gusto enfermizo por el sufrimiento. Las personas cuando sufren se sienten (no todas, pero sí bastantes) casi orgullosas aun dentro del dolor y, cuando el sufrimiento pasa, lo recuerdan con un puntito de nostalgia, como agradeciéndole que el hecho de haberlo padecido los hiciera más dignos o respetables ante las demás personas. En cambio a la alegría siempre se la ha tenido por frívola (¿pasajera, voluble? Quizás, porque tiende a “quedarse” menos tiempo) y se ha asociado con el término un poco despectivo de “bien vivir”.
    Y esa frase, tan acuñada, “los pueblos felices no tienen historia”; y se echa mano del chascarrillo de que mientras otros países de historia turbulenta con guerras y desastres varios crearon, inventaron, hicieron cosas, Suiza, tan apaciblemente, tan sólo llegó al reloj de cuco.
    Y lo chungo (me alargaría a decir “jodido”) es que es verdad.
    Pero, ¿por qué?
    Y no parece que ese morbo, esa contradicción de venerarlo y no quererlo, se deba a cuestiones religiosas o culturales, puesto que es una forma de enjuiciarlo arraigada en religiones y culturas muy distintas.
    Bueno. Sólo es una divagación, un dejar que los pensamientos salgan por las puntas de los dedos.

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