Párrafo 9.3

9.3 «De la relación entre el fuego y los alimentos, vegetales y fundamentalmente animales, se produjeron dos consecuencias esenciales: la primera, la eliminación de un gran número de bacterias que se destruyen con la elevación de la temperatura; la segunda, la conservación durante más tiempo de los alimentos. Y consecuencias secundarias, como la utilización de semillas y raíces que podían ser ablandadas desde la alianza entre el fuego y el agua, y era un paso a un cambio alimentario sustancial, ligando el alimento al ritmo y al grupo.»

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COMENTARIO DE EL AVENTURERO

Es un hecho ampliamente admitido que desde que los grupos humanos aprendieron a utilizar el fuego para tratar la carne cruda, y en general los alimentos, su salud tuvo que mejorar sustancialmente. Por permitirles prescindir en gran medida de la necesidad de ingerir carne en proceso de putrefacción, y por liberarles de la obligatoriedad de ajustar los momentos en que comían con aquellos en que habían conseguido cazar sus presas, con lo que esto implicaba por exceso y por defecto.

Se considera, asimismo, que el uso del fuego debió ser decisivo para propiciar notables cambios en la vida en comunidad de aquellos grupos y en su propio desarrollo como individuos. Desde la disponibilidad de unas horas nocturnas para, alrededor de la hoguera, compartir vivencias, risas, creencias y aspiraciones, aspectos en cualquier caso que les permitía liberarse de las tareas de la supervivencia diaria, abriendo otras posibilidades. Hasta llegar a las sensaciones, incluso trascendentes, que les estimulase la misma contemplación del fuego.

Quizás se ha profundizado menos en los procesos de investigación a que debió dar lugar la manipulación y experimentación, combinando el uso del fuego con el agua y otros elementos. Lógicamente de ahí debió derivar la invención de la cerámica y de la metalurgia. Pero también la modificación de las semillas y raíces, como señala el autor, en un proceso que quizás fuese el que desembocó en la invención de la agricultura. Por no hablar de sus aprovechamientos medicinales.

Quizás fueran unos pocos individuos los que se aventuraron en esos procesos de investigación, mientras el resto seguía ocupándose prioritariamente de cazar y sobrevivir. Pero seguramente fueron esos pocos los que empujaron el avance de la humanidad, aunque la Historia no repare apenas en su existencia.

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1 Comentario

  1. GJifsw (fragmento)
    28 junio, 2015

    … éramos algo más inexpertos, más elementales, más desconocedores de tantísimas cosas como configuran este mundo que se ha ido con el inexorable paso de los tiempos convirtiendo en un lugar tan moderno pero, también, algo (o incluso “bastante”) más observadores, más inclinados a mantener nuestros ojos y oídos bien abiertos porque dentro de nuestra ignorancia éramos bien sabedores — o quizás sólo “intuidores” — de que el orden de cosas, y de útiles, y de aperos y costumbres y de conocimientos con que nos desenvolvíamos no era posible que permaneciera indefinidamente así.
    Pero estábamos demasiado embebecidos, absortos y hasta embrutecidos con el tema de la supervivencia y correteando todo el día, de acá para allá, en invierno y en verano, tras aquellos seres tan extraños y tan diferentes de nosotros.
    Y tuvimos que esperar a que llegase un momento de calma que se demoró una enormidad; pero llegó aunque muchos no alcanzamos a verlo y fueron otros los que, desgranando vainas de judías, o de guisantes, a lo mejor, pudieron permitirse el gran lujo de, allí, sentados alrededor de la hoguera o tomando el refrigerio de la mañana, dedicarse a pensar y a tratar de desentrañar los grandes misterios que los envolvían y que no dejaban — eso no — de sorprenderlos tanto como aun a pesar de las pequeñas diferencias que a ellos les parecían abismales nos habían sorprendido a nosotros, los de antes, los que extenuados tras una dura jornada nos dejábamos caer sobre el duro suelo o, todo lo más, sobre un lecho de hojas amontonadas en el que soñábamos — sin siquiera saberlo — con lo que iba a ser algún día un Pikolin o un Flex o algún otro tipo de colchón, de latex, a lo mejor, o alguno de esos abatibles que te permiten ver con perfecta comodidad la televisión que, por entonces, constaba de un solo canal y la programación nada más consistía en ir mostrando noche tras noche aquella entidad sagrada que un atardecer se había manifestado cuando después de haber terminado de cenar permanecíamos allí, pensativos dando vueltas en nuestras cabezas al enigma que no sabíamos calcular cuánto tiempo atrás había causado un chasquido primero, un chasquido fuerte como de muchas ramas secas quebrándose todas al mismo tiempo, y, en seguida, otra entidad sagrada — las entidades sagradas se prodigaban mucho por entonces — que asomó por detrás de la colina y nos pareció muy inquieta porque no dejaba de bailotear estirándose y encogiéndose al tiempo que mostraba una gama de colores que Nufñre no dudó, con aquel desparpajo tan suyo, en calificar de inmediato de “cálidos”.
    – ¿“Cálidos”? — Exclamó Myhsbk, tan proclive a poner objeciones a todo — ¿Podrías darnos una buena razón para afirmar que esos colores son cálidos?
    – No, claro… — replicó Nufñre, que desde el asunto de la cerveza y no haber sabido justificar su aun más desconcertante “pásame otra” daba la sensación de haber perdido algo (aunque no mucho) de su locuacidad — ¿Cómo podría darte “una” de un algo que ni tan sólo sé si tengo?

    Continúa (si el enlace no falla) en http://valentina-lujan.es/Dbre10/m%E1s%20inexpertos.pdf

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